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“Ella es toda espera…” (poema escrito por Rolkiem, febrero 2009)

septiembre 22, 2010

Escribí esto basado en el episodio “Recuerdo de los Vagabundos”. Giar, un joven pastor narra los hechos, y creo que es la primera historia de la serie no contada por Nippur. Y su final siempre me pareció muy melancólico.
Recuerdo que Tita Merello, en Filomena Marturano, le dice con dramatismo al protagonista masculino, algo así como: “jamás te diré cual de los tres es tu hijo, así tendrás que quererlos por igual”. Es un poco -sólo un poco- la sensación que siento cuando el viejo pastor del relato acepta al mendigo entre los suyos, ignorando que se trata de su propio hijo; no lo sabe y termina aceptándolo como tal, aún apenado al creer que su hijo es otro, un luchador erguido, valiente y orgulloso que regresaría de la guerra siendo jefe de ejércitos y conduciendo un carro de oro.
Estas líneas son como una página no dibujada de esa historieta, donde no hay acción que graficar, sólo un cúmulo de pensamientos que quería sacarme del cuerpo.

Rolkiem

Dibujado por Lucho Olivera

Ella es toda espera…

Si tuviera una flauta en mis manos, la tocaría, para no pensar en el
mal de ella; si fuera bueno en el arte de la caza, me iría lejos, a
procurar la presa y quizás atreverme a no volver; pero soy apenas un
pastor jovenzuelo, ansioso por alcanzar la hombría, y veo crecer los
pastos más rápido de lo que crezco yo mismo.

Pero hubo cambios en mí, no la altura, la barba o la fuerza, que era
lo que más ansiaba, sino la aparición de sentimientos de extrañeza,
de cierta pena solapada, por ella, por mi hermana…

Ya no hubo más noches compartidas junto al fuego, ni sonrisas
cómplices, sólo el silencio y la lejanía en sus ajenos ojos verdes.

Ella es toda espera; es una extensión más del bosque, reconocida por
la mansa quietud de las rocas y por las vacilantes copas de los
árboles. El viento le susurra secretos que desoye mientras le
arremolina los largos y rubios cabellos.

Ella está allí, en la pendiente, con la mirada trepando las matas
amarillentas y las lomas escarpadas, atravesando el horizonte remoto,
hurgando más lejos, donde no alcanzan a ver, salvo a través del ebrio
y brumoso brebaje de la esperanza.

Ella mira en línea recta lo que no está, lo que anhela. Y la
vegetación frondosa no es muro suficiente para cerrarle el paso a sus
deseos. Ella ve acercarse al hombre que la hizo mujer, con esa
caricia poca, pero que ni poca estaba. Ella pronuncia su nombre con
lentitud, como masticando al tiempo, o como un rezo sagrado.

Pero él, el hombre de Lagash, no volverá, como Izaras tampoco lo
hizo. Izaras, mi hermano mayor, que marchó a la guerra cuando yo era
apenas un niño. Y al que mi padre tuvo la valentía de no esperar más.

Pero Laengrin no sabe de claudicaciones, porque su espera es todo loque la sostiene y la justifica; su espera, que es ella misma… Ella es toda espera.

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